SUMARIO | YUCATÁN

Tranquilo pero no contento

«Tres décadas de recuerdos se baten en duelo con el ex campeón del mundo», entrevista que le hice al ex boxeador campeón del mundo Miguel Canto Solís, que salió publicada en el Diario de Yucatán el 8 de enero de 2005, pasen y lean y que en paz descanses, campeón:


Más astuto que furioso, más cerebral que temperamental. Con un boxeo fogoso, colorido y fino, Miguel Canto Solís tenía una táctica infalible: Engañaba hábilmente a su adversario para dejarlo entrar a un terreno sumamente peligroso. Cuando ya lo tenía en la mira, le soltaba rápidas ráfagas de golpes para aturdirlo. Cuando la fiera despertaba en cuestión de segundos de su letargo, era demasiado tarde: Miguel estaba lejos de su alcance… A ver quien tocaba ahora al «chaparro de oro», como una vez le dijo un gobernador.

Él sabe que fue uno de los mejores. O el mejor. Pero los elogios parecen ya no importarle. «Todo fue gracias a Dios», dice. «Él me dio la bendición de moverme como lo hacia arriba del ring, pero a cambio de eso me puso muchas piedras en el camino de la vida», sentencia. «Cuando me metí al boxeo y me empezó a ir bien, me dediqué más a aprender a pelear que a mi vida personal, donde tuve más derrotas que victorias. El boxeo se aprende, pero la vida es muy difIcil de entender», asegura, con toda la experiencia del mundo en una mirada triste, cansada pero con un brillo que sigue perdurando.

«Que veinte años no es nada», dice un tango. ¿Y treinta? Para Miguel es mucho tiempo pero sin embargo se anima, amaga un poco, prepara la zurda, sorprende con vertiginosos pasos laterales y tira unos golpes sin demasiada potencia pero suficientes para mantener la guardia. El «esgrimista» subió al ring de los recuerdos a tres décadas de su coronación como campeón mundial de peso mosca. Ya no le importa ganar o perder, sólo ser feliz.

¿Era peleador de chavito? No, para nada? Me gustaba estudiar y tuve que trabajar de chico. También disfrutaba mucho de jugar kimbomba, trompo y canicas, pero de peleas nada.

Eso si, cuando tenía como 16 años discutícon dos de mi hermanos por temas familiares. Todavía me arrepiento de eso, fue muy vergonzoso para mi.

Recuerdo que mi difunto hermano Jorge Enrique -que era un hombre muy bueno- comenzó a tirarme golpes, pero yo me movía y no podía darme. Cuando se descuidó lo alcé y lo tiré al suelo. No sé cómo le hice y es el día hasta hoy que me da remordimientos. Siempre le ofrecía disculpas por eso.

¿Y lo del boxeo cómo surgió? Una vez fuimos con mi hermano Carlos a una función donde peleaba el «Chamaco» Ortiz contra «Zurdo» Aparecido. Fue una pésima pelea, pero el simple hecho de ir a la arena, de ver el ambiente, la gente, los boxeadores arriba del ring, no sé, me dieron unas ganas increíbles de aprender a pelear.

Y mira que antes el boxeo era muy cavernícola, muy bravo. Pero a mi me quedó la cosquillita, aunque nunca había peleado.

¿Y como le hizo? Le dije a mi hermano Carlos «Yo le voy a meter». A los pocos días me fui a Progreso y armé con arena mi costal. Con una pelota de fútbol hice una pera y ahí empece a entrenar.

¿Se dio cuenta enseguida de la virtud que tenia para moverse arriba del ring? Sí, pero no sé de dónde saqué eso, nadie me lo enseñó, «vine así» (se ríe). Yo sólo sé que entraba para pegar, me quitaba y me movía todo el tiempo. Fue una bendición que Dios me dio, pero a cambio de eso me puso muchas piedras en el camino de la vida, aunque mejor ni acordarse de eso, hay que vivir el momento y ser feliz.

¿Cómo fue la primera victoria? Me dio una gran satisfacción. Sobre todo me prendió para seguir adelante.

Cuando me fui a México entrené en el gimnasio de los Baños Jordan, ahí me vieron y me ofrecieron pelear. Me entrenaba con Manuel Moreno en aquel entonces. Cuando volví a Yucatán participé en muchas peleas.

¿Cómo era su relación con Jesus «Cholain» Rivero, el entrenador con el que camino al triunfo mundial? Teníamos una relación estrictamente de trabajo, nunca de relajo. Nos entendíamos muy bien. Cada vez que me explicaba algo, me mostraba como hacerlo. Teníamos códigos para entendernos. Don Jesús fue siempre un hombre muy celoso de su trabajo y muy profesional.

¿Sabía cómo darle ánimos? Sí, siempre, aunque yo no lo necesitaba porque nunca tuve los ánimos bajos, solo pensaba en aprender. Don Jesús me explicaba y yo inmediatamente le entendía.

¿Qué pasó en Sendai, Japón, hace 30 anos, antes de la pelea contra Shoji Oguma? Además de darme la virtud de moverme en el ring, Dios también me dio la gracia de no sentir nervios ni pensar en la pelea. Es más, ni pensaba en el campeonato mundial.

¿En serio, nada de nada? No, en serio; hasta me dormí antes de la pelea (se ríe). Lo que pasa es que yo sabía que estaba bien preparado y con eso bastaba. Yo soy muy frío.

En la vida he tenido los problemas más duros -como los morales, que son los peores que te pueden tocar en la vida- y nunca me pongo nervioso; si no, no puedo pensar con claridad. Por eso estoy vivo hasta ahorita.

Cuente más de ese día. Recuerdo que don Jesús me vendó (los puños) y me daba consejos de lo que haría sobre el ring. Yo le dije: «Mire, don Chucho, creo que nosotros no sabemos realmente como pelea Oguma, pero vamos a esperar al primer round».

¿Y qué pasó? Ahí entendí todo y supe que le iba a ganar. «Este no debe pegar duro», pensé y así pasó.

¿Qué escuchaba, qué veía mientras estaba ahí arriba? Escuchaba a la gente pero no entendía nada porque hablaban en japonés, vaya a saber lo que me decían (se ríe). Nunca supe si Oguma estaba nervioso o si era demasiado agresivo. Yo solo lo veía como una figura. En ese momento lo único que me importaba era pensar bien ahí arriba. Yo sabía que tenía una buena condición física para ganarle.

¿Y cuando terminó el último round? Fui a la esquina y le dije a don Jesús: «¿Ya ganamos?» Él no me contestó, pero también lo sabía. Cuando me dieron la victoria pegué semejante brinco que ni yo podía creerlo… Fue la única vez que di muestras de alegría arriba del ring.

¿Cuál fue su mejor enemigo? Querrás decir mi peor… Creo que Ignacio Espinal. Recuerdo que me dio un golpe que me dejó sentado. Aprendí de eso y ya nunca me lo volvió a dar. Le gané tres veces a Espinal. Recuerdo que era una magnífica persona.

El pobre vivió un tiempo en México y después se fue a morir a su tierra (República Dominicana). Yo creo que se murió de tristeza.

¿Por qué hay tantos casos de boxeadores que tocaron el cielo con las manos y luego les ha ido mal en la vida? Porque todo lo que ganamos lo damos. A mi se me acercó un montón de gente cuando gané mucho dinero y a todos les presté. Sin embargo, nadie me devolvió.

Ahora ni te hablan, quizás tienen miedo de que les vayas a cobrar. Muchas veces hasta la familia te amuela…

¿Alguna vez se le movió el piso por ser famoso y tener dinero? No… al contrario, si fui más bueno… Por tener dinero en realidad fui el hombre mas infeliz del mundo. Por ejemplo está Elías García Madahuar (a quien Canto acusa de que le robó las tres cuartas partes de su fortuna). Si lo viera no se cómo reaccionaría…

¿Piensa mucho en eso? No me quita el sueno, pero tampoco se me olvida…

¿Qué le enseñó la vida? A conocer lo bueno y lo malo de la gente. Muchas veces me hicieron sentir eso de «cuanto tienes, cuanto vales», porque cuando estás arriba tienes «amigos», que son los que después te lo quitan todo. Si hasta la familia te lo hace…

¿Cómo se siente de 30 años a la fecha? ¿Cuál es su balance? Tranquilo, pero no contento. No quiero ver a nadie, ya ni salgo. ¿Sabes qué hubiese hecho con el dinero que perdí? Hubiese ayudado a gente pobre.

¿Y qué hice? No hice nada. Eso me da coraje y tristeza a la vez. La única que me hace sentir feliz es mi mujer (Irma Rodríguez). Yo en realidad no importo, si ella es feliz yo también lo soy.- Cecilia Garcia Olivieri.

16 abril, 2026 Sin categoría
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