Relato del flamenco de María que rescata, exige y sostiene
Una estirpe de gitanas y gitanos bailaores y cantaores corre desenfrenado por su torrente sanguíneo y la recorre de pies a cabeza. La cepa flamenca de la familia Borrull y una educación de baile y canto que, desde chiquita, se le impuso naturalmente.
Y sin embargo ella, en algún momento de su vida, decidió alejarse del flamenco para entender, a través de esa misma distancia, que quería regresar corriendo a él como si nunca se hubiese ido. Y ahí lo comprendió todo y así lo define hoy: “El flamenco es un compañero que rescata, exige y sostiene”, dijo la reconocida artista mundial de flamenco María Juncal, canaria de nacimiento y un poquito mexicana de corazón.
Y esta noche, en el marco del Mérida Fest, un montón de almas llenamos el Teatro Armando Manzanero para verla hacer magia sobre el tablao en el espectáculo «Flamenco 2026, una mirada». Y cada vez que María respiraba fuerte sobre el escenario para tomar impulso, sentíamos que nos quita el aire a todos. Así de intenso y bellamente brutal es su arte, tan de otra tierra lejana por su idioma y tan paradójicamente cercano a nuestros corazones.
Acompañada por una guitarra, una caja y dos veces maravillosas, María arrancó con una seguidilla, que es uno de los bailes flamencos más antiguos, solemnes y profundos, que expresa dolor y sufrimiento. Es oscuro y así lo bailó ella, llevándose el aire del escenario. El cantaor Solea Goyas la acompañó con “No siempre avanza el caminante, pero nunca deja de intentarlo”. Sobe el escenario se más sombras que luces, de pantalones anchos negros y chaqueta corta brillosa, María taconeó y bailó dolor.







La voz preciosa de Maly Clavería siguió con “Se nos rompió el amor de tan grandioso” para darle paso a otra actuación genial de María, con una soleá, que es el baile fundamental del flamenco y que expresa precisamente soledad. Y ella lo hizo de una forma profunda, melancólica, contándonos su tristeza con el movimiento de su vestido de cola larga, con la fuerza de sus brazos y manos, con el rictus de amargura y con un taconeo incansable que dijo más que mil palabras. Y sí, entendimos su tristeza y soledad y hasta nos la contagió.
… Y cuando se fue del escenario volvió la canción y otra vez apareció ella, pero ahora de vestido verde a lunares blancos y miles de volados… María había dejado la soledad y el dolor detrás del escenario y volvió al tablao para mostrarnos “alegría”, que es otro baile flamenco, ahora más luminoso y festivo, lleno de vida. Con un taconeo imparable como puente de comunicación, María fue feliz y nosotros también. Y la ovacionamos de pie y le agradecimos que su flamenco compañero esta noche nos haya rescatado, exigido y sostenido para cambiarnos un poco la vida para bien.
Gracias María y compañía por conmovernos, gracias flamenco y ¡Olé!- Cecilia García Olivieri.