«Confesión Pública», cuando la intimidad del otro se nos vuelve intimidante
Física, audaz, íntima, agitada e intensa. Estos cinco adjetivos en femenino se me presentaron en cuerpo y mente cuando llegué anoche al teatro Armando Manzanero a vivir la puesta en escena “Confesión Pública”, de la compañía de teatro y danza canadiense Mayday. Y digo “vivir” porque las y los espectadores fuimos un poco protagonistas, cuando nos subieron al escenario para sentir en carne propia esta obra, que protagoniza una mujer que confiesa todo el tiempo, despojada de ropa sobre la piel y sobre el alma. Esta obra llegó a Mérida como parte de “Transversales Encuentro Internacional de Escena Contemporánea”, que nos compartió la Secretaría de la Cultura y las Artes. Pasen y lean la reseña, todavía da vueltas en mi cabeza…:
Odio llegar tarde y odio que lleguen tarde. Por eso ayer, atrasada por la lluvia, llegué unos minutitos después del inicio de la puesta en escena “Confesión Pública” y me sentía incómoda y culpable. Y así, tarde, entramos una parejita y yo, silenciosos los tres y a tientas, hasta que nos ubicaron arriba del escenario para ver la puesta en escena “Confesión Pública”, de la compañía de teatro y danza contemporánea canadiense Mayday. Sentí hasta bochorno por el retraso y saqué un abanico para apantallarme el calor y ahí sentí su mirada.
Había terminado de tocar la batería y de cantar “como para adentro” y estaba parada encima de una mesa, con un vestido largo y brilloso, calva y descalza. Y me miró o eso sentí yo. Vi cómo su cabeza y sus ojos se enfocaron en la oscuridad de una audiencia de como 30 personas, exactamente direccionados a la izquierda del escenario, donde yo estaba. Con la mirada penetrante y una expresión un poco juzgadora, así la sentí y así me metí de cabeza en “Confesión Pública”, una propuesta escénica jugada, física, audaz, íntima e intimidante a la vez.


Ella, la que está parada sobre una mesa, calva y descalza, con un vestido largo y brilloso, se llama Mélanie Demers y es protagonista y directora de “Confesión Pública”. La acompaña en el escenario, muda y operativa, una mujer chiquita que va y viene y que su intervención es más causal que casual, precisa por sobre todas las cosas.
Con una iluminación y escenografía ad hoc, música electroacústica, la voz de esta mujer que va del inglés al francés y una actuación corporal jugada, Mélanie se desnuda en cuerpo y alma a través de sus confesiones y así se convierte para nosotros en niña, hija, prima, novia, madre, puta, víctima de abuso, mujer que aborta, con carencias, imperfecciones y planteamientos frente al mundo que la rodea y sobre todo frente al poder que puede tener el entorno hacia sus elecciones de vida.
Y ahí estábamos nosotros, expectantes de esas declaraciones de vida y confesiones radicales, metidos en las zonas grises de la psique de Mélanie, un poco intimidados por tanta intimidad.
Desnuda, vestida, vulnerada, sola, abandonada, mojada y abrigada, la protagonista nos toca un poco el alma con sus confesiones, porque también escarba en nuestras propias mentiras y verdades, aunque incomode y siento que ahí está la mirada que sentí al principio de la obra y creo que también ahí está lo intimidante que logra “Confesión Pública”.
Siento que esta obra se quedará un rato en nuestra mente y corazón, así es como trasciende el arte en nuestra vida, así nos atraviesa como un rayo.-Cecilia García Olivieri.