Los perros de Sisal

Domingo Sudaca

Por @laflacadelamor

Me levanté, fui al baño y salí sigilosamente de la casa. Todos dormían. Sentí esa adrenalina satisfactoria de estar haciendo algo sola, feliz y para mí. Dudé si llevar chanclas o no, lo medité como 10 segundos y salí descalza a la calle.  Caminé menos de 30 pasos y llegué a la orilla del mar.

Para los que me conocen ya saben hasta el cansancio que, donde hay mar, está mi lugar favorito en el mundo y más si hablamos del mar de la costa yucateca, tan hermoso él. Y aunque tengo varios años encima, hay muy pocos amaneceres y atardeceres en mi haber. Y la conjugación de mar y sol en la salida o en la puesta me fascinan.

Por eso, pasaditas las 6:30 am llegué a la playa y el cielo ya estaba naranja. La bola de fuego ya aparecía –perfecta, redonda, ardiendo- en el horizonte. El mar de Sisal estaba todavía dormido y apenas hacía ruido cuando sus olas chiquitas rompían en la costa. La playa estaba vacía, el lugar era todo mío y después de hacer un recorrido ocular de 180 grados, me senté en la arena a observar la salida del sol.

Pero llegaron ellos.

Eran como cinco. Aparecieron en la playa como a una cuadra de donde yo estaba. Llegaron en “moloch” (patota) haciendo ruido, gritando, riendo. Era evidente que venían de una larga noche de joda y el colofón sería ver el amanecer.

Al principio no se percataron de mi presencia. Tenían un grado tal de excitación que los hacía correr de aquí para allá, mientras vociferaban vaya a saber qué. Desde donde yo estaba tampoco quería clavarles la vista porque no es de buena educación, pero miré de refilón y vi que dos de ellos comenzaron a copular ahí nomás, con el amanecer de testigo.

Perro de Sisal.

Seguramente, de morbosa, me quedé más tiempo del indicado mirando y los otros tres se dieron cuenta de mi presencia. Y ahí empezaron los ladridos furiosos a la distancia y hacia mi persona.

En Mercedes, mi tierra natal, cuando un perro ladra, decimos que “torea”. O sea, allí los perros hacen lo que los toros y aunque la expresión no es acertada (porque sencillamente no son toros, son perros y los perros ladran), la palabra viene como anillo al dedo para explicar que un perro te ladra fuerte, como si tuviera cuernos (y en este caso también dientes) para atacarte. El toreo no tiene nada de amistoso, es algo malo que te puede pasar.

Perro de Sisal.

Estos tres y los dos que copulaban –todos de razas, colores y pelajes distintos- empezaron a torearme fuerte y feo al unísono. Era como si me dijeran “rajá de acá, flaca, esta playa es nuestra, este amanecer nos pertenece y aquí hacemos lo que queremos”. Bueno, los perros no hablaban en argentino, pero yo me imaginé algo así.

Los ladridos me petrificaron cuando uno de ellos –el más oscuro- comenzó a caminar hacia mí en plena actitud de toreo. A mi memoria llegaron corriendo las dos veces que me mordieron perros cuando era niña y el pánico infantil me hizo metástasis. Pero seguí sin reaccionar, pensando que si me quedaba quietita, todo pasaría.

Pero me equivoqué. Y lo que hizo uno, provocó una reacción en cadena en los otros cuatro y hasta los perros amantes comenzaron a caminar –medio a correr- hacia donde yo estaba. Entonces me descongelé y los imité, claro está, pero siempre disimuladamente y sin quitarles la vista de encima. Mi idea veloz fue desaparecer detrás de unos medanos chiquitos que estaban a unos metros. Probablemente si salía del campo visual de estos perros, todo sería una anécdota.

Y así fue. El terror se esfumó cuando ya no escuché sus feroces ladridos y, sobre todo, cuando me asomé y vi que ya se habían olvidado de mí y seguían ahí, jugando y gritando entre ellos.

Fue, sin duda, una salida del sol accidentada y regresé al otro día para tomar la foto que ilustra esta columna. Ya sin perros ni miedos infantiles. Las otras imágenes que ves (incluso la de portada del texto), son de perros con los que me crucé en Sisal, todos en la calle y en la playa, sin dueño aparente.

En Sisal, donde las playas son preciosas, la comida deliciosa y la gente muy amable, hay muchísimos perros que deambulan sin rumbo por las calles. A principio piensas que es una apreciación tuya, pero se lo comenté a varias personas del lugar y me lo confirmaron. Viven entre la anarquía y la miseria y seguramente se saben abandonados.

Ojalá que organizaciones gubernamentales, no gubernamentales y la sociedad en general nos unamos para visibilizar estas situaciones en defensa del cuidado animal.

Amanecer sin perros.