“Si es un fetiche diabólico, no lo hago”

“Ni me di cuenta en qué momento comencé a hacerlo”, afirma Alberto Cervera, dedicado a la restauración de arte sacro desde hace una vida. Hoy lo encontramos en su puesto del Mercado Lucas de Gálvez y platicamos con él sobre el oficio, los clientes que lo visitan y las imágenes a las que le da vida

Las indicaciones para llegar al taller de restauración de arte sacro de Alberto Cervera son facilísimas: Entras al Mercado Municipal Lucas de Gálvez, doblas a la izquierda y vas hasta la sección de ferreteros. Frente a los chicharroneros -exactamente en el local 198- está él, con su aerógrafo y sus pinceles, dándole vida de nuevo a ciento de imágenes y desde hace muchos años.

Y hoy la chamba abunda. Especialmente desde noviembre, los feligreses católicos le traen sus imágenes sacras para que Alberto las arregle y las deje preciosas para decorar nacimientos, novenas, iglesias o casas. Y sin temor a equivocarnos, decimos que Alberto hace el trabajo casi con los cerrados porque, de los 65 años en su haber, hace 55 que se dedica a este oficio.

“Ni me di cuenta en qué momento empecé a hacerlo. Mi abuelo, mis papás, mis tíos y primos se dedican a esto de toda la vida. Reparo imágenes sacras de madera, yeso, pasta, resina, concreto… El mercado Lucas de Gálvez tiene 55 años y siempre estuvimos acá… Desde 1920 nos dedicamos a este oficio”, relata.

Para Alberto no hay imposibles en su trabajo. “Por más quebrada que esté la imagen, la puedo reparar. Me han traído de 50 pedazos y la pude reparar, como si fuera un rompecabezas. Lo que sí hay que tener es mucha paciencia…. Se invierte mucho tiempo en este trabajo y si no tienes paciencia y el tiempo se acaba se estrella uno”, asegura.

El artista asegura también que de todos sus trabajos está orgulloso. “Cuando me traen imitaciones son especiales porque me dicen ‘No me toque aquí o allá, sólo donde está lesionado’.  Y hay que emitir perfectamente el color de ese trabajo. Eso son los difíciles y un poco estresantes”, relata.

Y si de piezas antiguas hablamos, también nos cuenta que una vez le trajeron una imagen de San Antonio de un pueblito de Yucatán. “Era de madera y quedó perfectamente restaurado”, asegura.

Alberto, en plena chamba 😀

ARRIVEDERCI INAH

Y como su trabajo lo vale, una vez lo contactaron del Instituto Nacional de Antropología e Historia de Yucatán (INAH) pero la relación laboral no prosperó y Alberto nos cuenta porqué:

“En 1988 me quiso dar trabajo el INAH como restaurador y les pregunté cuál sería el salario. En ese entonces un salario era de $600 y ellos me querían pagar $450, que eran como $1000 semanales de ahora. Hasta me llevaron allá. Pero no me gustó cómo me trataron”, indica, con ganas de que le preguntemos más.

¿Qué pasó?, cuestionamos.

“Como sé de qué va mi chamba, entré con las manos cruzadas detrás de mi espalda, porque no pensaba tocar nada del trabajo que estaban haciendo. Sin embargo, la persona encargada del lugar, sin mirarme, me dijo ‘No toque nada’ y ahí le mostré mis manos, escondidas detrás de mi espalda. ‘Yo manejo imágenes y sé que no tengo que tocar nada’, le contesté. Cuando me confirmó cuánto me pagarían, le dije: “Ahí nos vemos, tengo mi taller, arrivederci Roma”, recuerda.

Aunque Alberto se especializa en arte sacro, dice que no tiene problemas de arreglar una imagen de la Santa Muerte o hasta de Malverde. Eso sí, en algo es inadmisible: “Si es un fetiche diabólico, no lo hago. Me han traído cosas de brujos y les digo que no”, contesta, rotundo.

Hoy día, su hija Perla lo ayuda en el taller. Ella tiene 20 años y desde los cinco aprendió el oficio. Hoy, ella y sus hermanas siguen la tradición de más de un siglo, mientras le da vida con sus manos a un pequeño Niño Dios.- Cecilia García Olivieri.

Perla, hija de Alberto, continúa junto con sus hermanas en la tradición de restaurar piezas de arte sacro 😀