Mujer que llora

Columna Sábado Sudaca

Por @laflacadelamor

Apenas subí al camión, me esperaba una mano extendida con el boleto entre los dedos. Pero no era una mano masculina… Era tersa, no muy grande, sin pelos, tenía las uñas larguísimas y pintadas de diferentes colores. Y pulseras doradas y plateadas que circundaban la muñeca. Era una mujer conductora.

No es muy común ver en Mérida camioneras. Bah, en las rutas que tomo comúnmente –que por mi trabajo son varias- es la primera vez que me topo con una. Grandota ella, maquillada y con las uñas arregladísimas, ahí va la chofer llevándonos por las calles de la ciudad. Pero algo estaba raro… Me hacía ruido.

Tenía casi metido en la boca el micrófono del celular y escuchaba la llamada, claro, por los auriculares. Es muy común ver a camioneros en Mérida en esta actitud mientras conducen y no sé si está bien. Creo que no.

En fin, como buena mujer “multitasking”, la chofer frenaba, arrancaba, abría la puerta, subía gente, esperaba con el boleto en mano, recibía dinero, entregaba cambio y lloraba. Sí, lloraba.

Como diría Oliverio Girondo: “A lágrima viva, a chorros, improvisando y de memoria…”. Y no sé ustedes, pero me dio una ternura y una especie de preocupación que no llegaron muy lejos… Tampoco me iba a levantar para preguntarle si estaba bien. Ella estaba trabajando y yo era una pasajera nomás. Pero se me clavó la mirada en ella. Todo el viaje.

La mujer chofer conducía, hablaba con el micrófono casi entre los dientes y lloraba. De repente cortó la llamada (o le cortaron) y pareció como que la angustia se evaporaba, pero no. Le vino un sentimiento de seguir lagrimeando y se secaba el agua que le escurría de los ojos cuidadosamente con la yema de los dedos, sin meterse las uñotas de colores en los ojos.

¿Quién le habla? ¿Qué le preocupa? ¿Quién y qué le provoca el llanto? Es una mujer joven ¿Será un novio, novia o espos@? ¿Un hijo enfermo? ¿Deudas? ¿Alguien que no la comprende?

En un semáforo de esos interminables, agachó la cabeza contra el volante, muy preocupaba. Tenía, sin duda, la mente en otro lado, nos abandonó a todos en el camión y se fue de viaje a recuerdos inescrutables para nosotros. Sin embargo, apenas el semáforo se puso en verde, envolvió la palanca de cambios con sus dedos de uñas esculpidas y puso primera, como si nada.

Antes de llegar al centro, ella llamó. Habló poco y escuchó mucho. Ya no le salían lágrimas, pero cortó con una tristeza que se le dibujaba en todo el cuerpo, que la doblaba sobre el asiento de conductora.

Bajé del camión por la puerta de atrás, mientras veía como ella se arrancaba con cansancio los auriculares de las orejas y dejaba el teléfono a un lado, justo cuando el camión ya estaba en la parada.

La volví a ver exactamente tres días después. Yo estaba en una esquina esperando el camión y vi que se acercaba. Elevé mi mano, ella me vio unos instantes, esquivó la mirada y siguió de largo. Quizás que hace tres días, tendría que haberla consolado. Mala mía.